Heridas de guerra.

Bajé del tren en la estación de Alcalá. Al salir a la plaza, había un señor pidiendo, le veo todos los días. Sentado, con la espalda apoyada sobre un contador eléctrico, con las muletas en el suelo, y un tupper de plástico transparente, ya amarillento por el paso del tiempo.

Esta vez, al tiempo que depositaba una moneda en el tupper, me detuve un poco a contemplarlo: tendría sobre 50 años, sin duda procedía de un país del este, y le faltaba una pierna.  Tenía el rostro curtido, no sé si resultado de una vida dura o de las largas horas de mendicidad al sol.

Mi soberbia no me había permitido pensar en él hasta esa mañana, ¿de dónde vendría este hombre? ¿Por qué le faltaba una pierna? ¿Acaso la había perdido en alguna guerra olvidada? ¿En un trágico accidente familiar? ¿Dónde estaban su familia y amigos? ¿Pedía para comer, para tabaco o para vino? ¿Por qué se encontraba en esa situación? ¿Le estaba ayudando o lavando mí conciencia? ¿Me gustaría verme a mí en su lugar?

Cuando la moneda tocó el fondo del tupper, algo resonó en mi interior. Desde entonces todos los días le doy lo que puedo, siempre con una sonrisa.

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