Juan sin miedo.

Juan vivía en una gran ciudad, esos enjambres de acero y cemento, donde la crisis y el temor al terrorismo habían golpeado por igual.

Estaban en época de elecciones, y se preocupaban por él los partidos políticos, mejor dicho, por su voto; para volver a olvidarlo, una vez pasados los comicios, durante otro ciclo de cuatro años.

Leía grandes y ampulosas propuestas, “queremos ser el gobierno de tu calle”, “centrados en ti” – ¿en mí?-pensaba Juan con asombro, “sobran los motivos” -¿motivos para qué? si los conservadores y los progresistas coinciden en lo fundamental, y las divergencias son mera apariencia-.

Todos los eslóganes por todas partes, los vivos colores rojos y azules habían teñido la ciudad en un damasquinado infinito.

– ¿A qué nos conducirá todo esto? Las grandes ideologías del XX no nos trajeron más que miseria, que de fascismo a comunismo cambia una única palabra, raza por clase- observaba Juan.

Aquel día de trabajo fue especialmente intenso, conflictivo y desalentador; su rutina de cada día. Volvió a su solitario piso en el centro, ya de noche, se sirvió un café y reflexiono – aquí alguien nos engaña-. Durmió como no lo hacía desde la infancia.
La mañana siguiente se levantó, se vistió, metió dos mudas y un libro en una mochila; y jamás regresó.

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