Cassandra y las brazt.

Era preciosa,vestía elegante y provocativa a la vez, sabía bien cómo atraer a los hombres.

Gran parte de su concentración, de sus fuerzas, las volcaba sobre su aspecto corporal. De niña y adolescente no le importaron ese tipo de cosas, pero todo cambió en la universidad.

Allí conoció un grupo, las llamaban las bratz, que tenían dos carreras, la que cada una estudiaba y estar supermonas. Su filosofía de grupo era muy sencilla, cuanto más arregladas mejor y si nos das la talla, fuera del grupo. Mantenían esa postura por diversas razones: la que se dejaba llevar por el grupo y la sociedad, la que quería encontrar un marido rápidamente para huir de sus padres, la que tapaba ciertas carencias, la que quería ser amada y aceptada, la que lo hacía por diversión y la que lo hacía por aburrimiento.

Cassandra compartía varias clases con ellas, al principio fue por puro entretenimiento,le parecía asombroso todo lo que sabían aquellas universitarias del mundo de la moda, de imagen personal y de cómo relacionarse. Eran amenas, graciosas y totalmente banales.  Chicas diez.

Lo que empezó siendo una forma de llenar los espacios en blanco, poco a poco, se volvió algo importante, de algo importante, pasó a ser fundamental, y de fundamental a obsesivo.

Pasó el tiempo, pasaron los años, pasaron las personas, pasaron los lugares, pero su obsesión por la belleza permaneció inmóvil.

El espejo todo lo cambió.

Se vio una mañana, habían aparecido arrugas en su rostro, su hermosura se estaba ajando,su belleza desquebrajada, su esplendor decrépito, su lozanía senil.

Probó de todo para parecer más joven,  lo consiguió,engañó a la vejez, gracias a dolorosas operaciones.

Pero el miedo se instaló en su corazón, una nueva obsesión arraigó en sus entrañas: la vejez y la muerte. Algo de lo que nunca se había preocupado, estaba demasiado ocupada en su engreimiento y en atender  las palabras de halago.

Se sintió engañada y traicionada, perdería su atractivo,  ni las modas ni las cremas, podrían ayudarla.  Toda la vida siguiendo un canon que era una tiranía.

Se sintió engañada y traicionada, ¿Por qué nadie le habló y la preparó para esto? ¿Por qué no escuchó cuando le hablaron?

Sintió que había malgastado su vida ocupada en juegos de apariencia, de máscaras y soberbias.

Se volvió una vieja patética que intenta ser joven, amargada y dolida vieja.

Pasó el tiempo, pasaron los años, pasaron las personas, pasaron los lugares, pero su obsesión por la senectud y la muerte permaneció inmóvil.

En ese estado de turbia confusión, un rayo de luz cruzó por su mente, se acordó de Sofía.

La conoció en un coctel de la embajada India, era una de esas exhippys que pasaban sus días ayudando a los pobres por el mundo; cuando murió su marido, sin hijos, decidió dedicar su tiempo a los demás. Y Cassandra recordaba a Sofía  feliz, tranquila,serena. Aunque, cuando fueron presentadas, la odió, precisamente por esa libertad y despreocupación de sí misma que transmitía.

No  dudó: una llamada de teléfono, una maleta con poca ropa, un billete solo de ida.

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