Como ser un moderniki.

Para alcanzar la modernidad solo se acepta un único pago: el de la tradición.

Eso ya lo vimos en la revolución industrial en Inglaterra, tan fuerte fue la conmoción del maquinismo que los obreros de la época se dieron a la bebida y olvidaron sus canciones tradicionales.  Implicó una pérdida de la sabiduría en el protestantismo, si es que alguna vez la hubo, remarcando casi exclusivamente el aspecto social y moral de la religión.

Esa mancha se extendió por Europa, afectando a todos los países de la Cristiandad Católica en mayor o menor medida, y a América.

El caso de América: tras matar vilmente a los indios y recluirlos en reservas, se declara el país de los derechos individuales.

EL caso de Japón: los americanos tras bombardear varios puertos, recordemos que estamos hablando de barcos de guerra modernos contra las flechas de los samuráis, les obligan a abrir su país al comercio exterior.

El caso de China: tras una revolución comunista, y una revolución cultural, en la que se asolaron monasterios, se anexionaron territorios como Tibet que jamás les pertenecieron, se erradicó todo lo tradicional por ser antirevolucionario. En el país más comunista y más capitalista del mundo, se trabajan una media de catorce horas diarias con un día de descanso mensual, eso sí, sin derecho a asociación.

Podríamos seguir viendo sintéticamente caso por caso, pero este no es el lugar.

La modernidad tiene la capacidad de fagocitar por completo todo el contenido tradicional de siglos de las distintas regiones a donde llega, Francia, Alemania, Italia, España, Japón, etc… Uniformando todo en torno a la bandera del consumo-producción, instalando sus propios valores de competitividad, vale más el que más tiene, no pienses consume, y todo lo demás que es bien conocido.

Esos pseudovalores son una especie de corriente subterránea, sus misterios mayores ( el cinismo: llamar malo a bueno y bueno a lo malo) y sus misterios menores ( la hipocresía: parecer que hacer bien cuando haces mal, y al contrario). Ya que cara a los demás muestran la bandera del progreso (idea estúpida por otra parte, ya que un planeta con recursos finitos no se puede progresar indefinidamente), la libertad, la democracia, el confort, la igualdad de oportunidades.  Esas ideas son como las manzanas envenenadas de los cuentos: consiguen dormir el intelecto de los menos capacitados, y confundir hasta los más capacitados.

El pago a nivel personal por ser un moderniki (término usado por un amigo nuestro que nos parece muy apropiado) es el mismo que el de los países:  olvidar tus tradiciones y valores en aras de la modernidad.

Lo vemos cada día: personas dotadas de una inteligencia viva, una gran erudición y un fuerte carisma,  que han errado en la búsqueda de saber y de la felicidad.  Conocen los aspectos al detalles del cine moderno, obras de filosofía actual, tendencias de diseño, hablan varios idiomas, saben de arte vanguardista, de poesía actual, de economía internacional, de geopolítica, de patchwork avanzado,  de programación e informática, de lo último de lo último, están al día en todo; y cuando hablas con ellos , te miran desde arriba, como si fueras un pobre pueblerino porque no has leído a tal autor, o no usas los términos más de moda entre ellos: pobres infelices, buscan agua en un pozo seco. Tras sus actitudes de prepotencia, seguridad y superioridad son carcasas vacías, neuróticos preocupados por nimiedades, filósofos de lo absurdo, poetas de cemento y estercolero, temerosos de no conocer lo último de lo último. Nada comprenden, pero creen conocerlo todo. Tan llenos de sí mismos que viven en la propia jaula de su ego.

La única vía de escape que nos queda, no es seguir hacia delante. Es pararnos en el camino, reflexionar, analizar lo que es necesario de lo que no lo es. Ver que nos aporta felicidad como seres humanos. Tratar de distinguir los valores reales de los pseudovalores.

Volver a enraizarnos en nuestras tradiciones.

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