De olvidos y edipos.

La verdadera desgracia del hombre es no saber quién es.

Buscamos entre las visiones de los demás, tomamos nota cautelosamente de nuestras reacciones, leemos libros sobre arquetipos y formas de ser. Pero no sabemos nada de nosotros mismos.

Realmente la tragedia de Edipo no fue el matar a su padre y yacer con su madre, sino que todo eso se produjo porque no sabía quién era.

Nuestra psique está debilitada por el confort, las comodidades;  embrutecida por la televisión y por la tecnología. En definitiva, nublada por nuestro vicios.

Y dependemos mucho, en demasía, de la opinión y el concepto de los demás.

Si los demás nos ven en cierto modo, de ese modo nos comportamos. Eso en psicología tenía un nombre.

Tratamos de agradar a los demás para que nos acepten. Pero olvidamos lo que somos.

Tratamos de cumplir las expectativas. Pero olvidamos de dónde venimos.

También prejuzgamos y juzgamos: no dejamos a los demás ser como son.

Pensamos: uy, ¿qué impresión les habré causado? No da igual el fondo, solo nos importa la forma. No nos importa el corazón, solo la apariencia.

Nunca estamos abiertos, ni nos dejamos fluir, ni esperamos confiadamente, no queremos que las cosas sean como son: queremos que sean conforme deseamos.

Nos identificamos con ciertas actitudes que tenemos: Yo soy así. Eso, no es más, que ponernos un cerco, limitarnos, atarnos a nosotros mismos.

 No sabemos que podemos cambiar, que la capacidad humana es enorme, infinita, ingente, divina.

Buscamos excusas: de pequeño me pasó esto, entonces yo reacciono así. Nunca he podido hacer tal cosa. No creo que sea capaz. Somos los carceleros de nuestra propia prisión.

Pero eso se produce por una simple razón: no sabemos quiénes somos, ni lo queremos saber.

Olvidamos intencionadamente las palabras cristianas de nuestros mayores: somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza, con Inteligencia, razón, voluntad y sentimiento. Capaces de comprender la Esencia de las cosas, capaces de hacer el Bien, de admirar lo Bello. Y con un único fin en esta tierra: volver a la casa del Padre.

Eso es lo que somos, de ahí venimos y a allá vamos.  Es el único sentido de la vida.

Lo demás es una ilusión, cosas que ocurren en el tiempo, siempre en continuo cambio.

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