Deliciosa Marta

 

 

La casa estaba perfectamente decorada, el blanco de las paredes contrastaba con el colorido mobiliario.

Marta me miró de soslayo, en sus ojos había una turbación ansiosa.

Se sentó a mi lado, me contó su historia.

Desveló y reveló sus secretos.

Al acabar, se notaba en ella la felicidad de quien se ha deshecho de una carga muy pesada. La alegría se notaba en su rostro, la pureza y transparencia la hacían doblemente hermosa.

Me marché de su piso, bajé la calle hacia el metro.

No podría parar de pensar en lo que ella me había narrado. Había allí de todo:  amores, celos, envidias, triunfos, decepciones, traiciones, derrotas, expectativas cumplidas, deseos por cumplir, necedades, crueldades, generosidad.

 

Recuerdo cuando la conocí, su belleza me dejó paralizado, me fascinó tanto que decidí que tenía que conocerla. Era morena, con unos grandes ojos negros, una sonrisa que llenaba el mundo, era, armoniosa y musical.

Siempre que la veía, recordaba que hay cosas que no son de este mundo.

Trabajaba como secretaría en una gran oficina, de una gran empresa, en una gran ciudad. Mientras concluía unos estudios, que supuestamente le servirían para conseguir un empleo mejor.

 

Fue una vida desaprovechada, reflexioné mientras pasaban las estaciones, tanta dispersión, tanta búsqueda, tanta actividad.

¿Qué habría sido de ella si se hubiese criado en otro ambiente? ¿Si en lugar de inculcarle el éxito le hubiesen educado en busca de la felicidad? ¿Si en lugar de tener un físico agraciado, hubiese sido más mediocre? ¿Si se hubiese centrado en algo, en vez de correr en pos de vanas ilusiones?

Jamás lo sabré.

 

Tuve que ir a su sucursal, algún papel tenía pendiente. Me atendió con gran esmero, rápida y eficaz. 

Una vez arreglado eso, no sabía que inventarme para volver allí. Pero algo ocurrió, mi empresa iba a necesitar los servicios de la empresa donde trabaja Marta.

Esto, aparentemente fortuito, permitió que nuestra amistad se forjase a fuego lento, con el tiempo necesario que las cosas necesitan para fraguar bien.

 

Pasó una semana desde que hablásemos en su apartamento, dos, tres; un mes, dos, tres.  

Un año, dos, tres…

Tras aquello, el equilibro se había restablecido , no hacía falta ni vernos ni hablar más.

 

Y aún la recuerdo.

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