El yo y la dignidad.

 

“Yo”, según la tradición islámica,  el primero que pronunció esa palabra fue el Adversario.

¿Dónde se fundamentan las dos letras con las que nos identificamos plenamente? ¿Qué es esa grafía, que antecedemos a cualquier otra?  ¿Qué significa ese sonido, el que más nos place oír?

A estas preguntas, una persona sencilla, sin duda, respondería “yo soy yo”,  fin de la investigación. Obviedad. Pero nada es tan sencillo ni obvio. ¿Dónde está el yo, qué es?

Si realizamos una búsqueda, podríamos afirmar que el yo es el cuerpo desde un punto de vista material, pero sabemos de facto que el yo no desaparece con el cuerpo. Si fuera una parte del cuerpo ¿cuál sería? ¿La mano, la cabeza, el corazón, la química corporal?

Podríamos decir que el yo son los procesos mentales, pero conocemos casos donde ciertos procesos mentales se pierden o disipan y no se pierde la identidad.

Con una visión más holística, creeríamos que es la suma de ambos, cuerpo y  procesos mentales; esa es la concepción actual, muy reductiva, en definitiva, viene a decir, soy lo que ves: una mezcla de cuerpo, pensamiento y sentimiento.  Y que actúa de base para las imputaciones de nuestro yo (soy así, o asá).

Pero nos preguntamos si habrá algo más que eso; vemos la maravilla que nos rodea, conocemos gentes diversas, con sus propias inclinaciones, gustos y sentimientos; personas únicas e irrepetibles: ¿son  fruto del azar? ¿mezcla de semen y sangre? ¿primos lejanos de los simios? ¿son el resultado de haber crecido en un determinado ambiente?

Creemos básicamente que no, aunque todas esas cosas pudiesen ser ciertas, no por ello dejan de describir al todo por la parte y al iceberg por su punta. Si creemos somos animales, como tales nos tratarán, o mejor dicho, como tales nos tratan.  Eso sí, animales que producen y consumen.

En todas las doctrinas orientales, y en nuestra propia tradición occidental, se describe al hombre como un ser suspendido del cielo en la tierra, es decir, que posee tres tipos de tendencias que le son propias: una infrahumana (descendente o animal, tamas en la teoría hindú), otra propiamente humana( horizontal, rayas); y la última divina o espiritual (ascendente, o sattva).

Si realmente queremos una revolución hemos de empezar por nosotros mismos, por reclamar nuestra dignidad intrínseca y nuestra naturaleza divina o espiritual, para con ello reorientar el camino de esta sociedad que ha perdido totalmente su rumbo y su lugar.

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