Las bases del yo.

 

A menudo, lo que creemos ser, está basado en una amalgama de opiniones, experiencias e imputaciones. Nos miramos a nosotros mismos mediante ese extraño caleidoscopio y decimos: soy así, soy así.

Como base para dichas imputaciones tenemos tres cosas: cuerpo, palabra, mente. El cuerpo es la parte material que todos ven. La palabra es la materialización física de nuestra mente, y nuestra principal vía de comunicación con el entorno. En la mente se encuentran las sensaciones, percepciones, impulsos, consciencia así como los recuerdos y la imaginación.

 Podríamos decir que hay, en todo ser humano, una cuarta parte más; quizá con mucho la más y única importante, el Alma (Atman), pero no nos extenderemos ahora en ello, pues el tema nos desviaría de lo que estamos analizado hoy.

Así que contamos normalmente con tres bases para identificarnos, para creer ser algo. En el común de las personas ordinarias, la identificación se hará por la suma de las tres partes unidas a lo que llamaremos “historia personal”. Así tomándome a mí como ejemplo, yo sería físicamente del tal modo, y con estas tendencias mentales , así como mi “historial personal”, es decir, nací en tal lugar, estudié esto o lo otro. Todo  unido a la mezcolanza de la propia opinión que poseo de mí mismo y la que los demás me dan.

Hasta este punto todo es más o menos normal, por expresarlo de algún modo.

Ahora vienen los problemas.

Caso 1: Exceso de identificación con el cuerpo. Desde pequeña, Amparo era muy hermosa, todos se lo decían constantemente. Cuando creció los hombres la adulaban sin parar, diciéndole que era maravillosa, cuando realmente lo único que deseaban era su cuerpo. El error fue que ella se lo llegó a creer. Identificó su yo con su cuerpo, y creyó, pues así se lo dijeron, que era una persona excelente únicamente por tener un cuerpo hermoso. Lo que no sabía esta pobre desgraciada es que el cuerpo es algo temporal, y que la belleza se pierde con el paso de los años, que las enfermedades pasan factura, y que donde antes había una piel tersa sobre unas espléndidas curvas, ahora sólo quedan arrugas y carne flácida; pero mañana será tierra de gusanos.

Caso 2: Exceso de identificación con los bienes.  Juan tuvo una infancia dura, su familia apenas tenía para comer. Cuando fue joven se prometió a sí mismo no sufrir penurias materiales. Se esforzó duramente hasta acumular, por métodos más o menos lícitos (siempre suelen ser menos que más) una inmensa fortuna. Todos le adoraban, todos le admiraban. Él llegó a creer que era una persona sobresaliente, pero lo hacía en base a la fortuna que poseía ( jamás se planteó los métodos que había usado para lograrla); y sus aduladores se le acercaban deseando sacar tajada. Pobre diablo, se identificó en demasía con el tener, no sabiendo que hasta la fortuna más grande se puede perder de un día para otro. Cuando perdió su fortuna, su familia le abandonó, su cohorte de seguidores de dio de lado, buscando a otro rico al que engañar; murió solo sin comprender aun por qué perdió su fortuna y qué ocurrió con sus amigos.

Hasta aquí se nos podrá decir, bueno, estoy exento de caer en ello, pues soy pobre y feo (gracias a Dios); pero adentrémonos en otros ejemplos un poco más sutiles, para ver que nadie estamos libres de la tentación.

Caso 3: Exceso de identificación con una actividad exterior (sea hobby o profesión): a Jennifer siempre le gustó la moda, su madre era costurera y su padre sastre. Llevaba la profesión en las venas. Realizó estudios para ello, y entró a trabajar en una importante firma como una de las más bajas empleadas. Pero la Jenni (como la llaman sus amigos) estaba encantada, era feliz, dedicaba todas sus energías a su profesión, pensando, leyendo sobre los grandes modistos, viendo la competencia, estudiando sobre nuevos modelos. Trabajó durante veinte años para esa empresa, sin llegar a ascender. Un día le llamaron al despacho de la responsable de recursos humanos, le dijeron que ya no daba el perfil, esto es, se había hecho mayor y en la empresa deseaban a jovencitas que trabajasen por la mitad que ella. No pudo volver a trabajar en ese sector que tanto ansiaba. Desde ese día su minimundo se vino abajo. Ahora trabaja de teleoperadora vendiendo seguros, nunca habréis conocido a alguien tan amargo.

Caso 4: Exceso de identificación con los procesos mentales. Adam era lo que hoy en día se llama un genio creativo. Siempre mostró la tendencia a crear objetos nuevos, muy útiles y prácticos de la nada.  Sus padres fortalecieron esa tendencia, haciendo que estudiase ingeniería y diseño. Una importante casa de muebles escandinava compraba y comercializaba todos sus diseños, quizás en vuestra casa tendréis alguno de ellos. Adam se levantó, aquel día como todos los días, se tomó su café mientras veía en televisión  un reportaje sobre una colonia de hormigas; algo en ello captó su atención y le paralizó. Desde ese día no pudo crear nada más. Ahora pasa el tiempo resolviendo sudokus, no le ha quedado energía para poder hacer más.

A modo de conclusión, y siguiendo a Epicteto: En cuanto a todas las cosas que existen en el mundo, unas dependen de nosotros, otras no dependen de nosotros. De nosotros dependen; nuestras opiniones, nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras inclinaciones, nuestras aversiones; en una palabra, todas nuestras acciones. Las cosas que no dependen de nosotros son: el cuerpo, los bienes, la reputación, la honra; en una palabra, todo lo que no es nuestra propia acción. (Extracto de Manual de vida).

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