Las creencias limitadoras y los cercos del ego.

 

Vivimos dentro de unos cercos demasiado limitados, estrechos.

Podemos, siempre, culpar a los demás: mis padres, mi infancia, mi entorno, mi jefe, mi trabajo, mi pareja, mi educación, cómo me criaron o qué valores me inculcaron.

Esa es la solución rápida, la que siempre buscamos cuando no tenemos el coraje de enfrentarnos a nosotros mismos: vemos  oscuros abismos, altas montañas,  fértiles valles, y densos bosques de nuestra alma. Tenemos temor a entrar en ellos. Nos falta coraje, disciplina.

Por eso nos decimos: soy así, soy asá.

Ese es el primer cerco. Ya no hemos limitado, nos hemos definido: hemos elegido la máscara del personaje al que queremos jugar. El error está en que con el tiempo, nos identificamos plenamente con la máscara del juego. Ese es el poder del ego. Es la base para juzgarnos a nosotros mismos. Si actuamos conforme a la máscara pensamos que lo hemos hecho bien. Con el tiempo, los demás podrán matices a esa máscara, la colorearan por decirlo de algún modo, y será un nuevo lastre; pues actuaremos muchas veces conforme a lo que los demás esperan, sólo porque los demás lo esperan y para no decepcionarlos.

Cuando ya tenemos el “yo soy así”, lo confrontamos con el resto de “yos-soy-así” y con las cosas del mundo: descubrimos el me gusta, no me gusta y lo indiferente. Segundo cerco, aún más estrecho, más limitante, peor.  Pues es la base para juzgar a los demás, y a las cosas. Normalmente haremos así: lo que me resulta agradable me gusta, sea cosa u otro “yo”; lo que me desagrada no me gusta; y me es indiferente lo desconocido, o lo que ni me agrada ni me desagrada. Esto, que a priori parece lógico, es,  a fortiori es otro error.

Pero entremos en el tercer cerco, que es el que nos interesa aquí. La psicología moderna lo llama creencias limitantes, esto es, creencias sobre nosotros mismos que nos impiden emprender una acción determinada.

Este tercer cerco es el peor con diferencia de todos, ya que literalmente te auto inmoviliza. Se manifiesta, en primer lugar, bajo la forma de pensamientos del tipo: “no puedo”, “jamás lo he hecho”, “no sé cómo hacerlo”, “no saldrá bien”, “¿para qué esforzarme si no lo voy a conseguir?”, y una multiplicidad más de formas, por todos bien conocidas.

Lo más gracioso del caso, es que eres tú mismo el que impones las cadenas: es como si la  acción fuera un perro, la voluntad una correa y el amo los pensamientos: acabas por atar al perro con la correa de los pensamientos.

Las creencias limitantes suelen ser la manifestación de pereza, autojustificación por negarnos a hacer algo, miedo al fracaso y a la opinión de los demás, y otra clase de temores más ocultos.

Lo curioso es que normalmente somos coherentes entre la máscara, los me gusta o no me gusta, y las creencias limitadoras. Es el arte de construir tu ego. Pero estas construyendo, realmente, un redil para ti mismo: para que no te salgas de él, y te sientas  cómodo, como un cerdo en su chaca de lodo.

Y ahora, objetaréis: hay que ser realista.  Por ejemplo, si no estoy entrenado no puedo esperar ir a las olimpiadas o subir al Everest. Yo te digo: cierto. No vayas a caer en el extremo de la nueva era que afirma algo tan absurdo como descabellado: con desearlo fuertemente lo conseguirás. Ya que con desearlo fuertemente conseguirás lo siguiente: desearlo fuertemente. Nada más.  Y por experiencia sabemos que hay objetivos que ni se alcanzan por desearlos, ni por poner todo el esfuerzo del mundo, aunque, eso, no nos exime de intentarlo si ese es nuestro camino.

¿Cómo distinguir entonces una creencia limitante de un límite real?

Por una parte estamos dotados de razón, que nos permite un análisis de las situaciones y una reflexión sobre nosotros mismos.

Por otra parte, dice la Biblia: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt 7,7-12).

Todos los días pido Sabiduría, que me acerque un poco más a la Verdad; humildad, para que ame a mi hermano como a mí mismo; y fuerza, para poner en práctica la sabiduría y la humildad.

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