Los cuatro sellos de la impermanencia.

Fuente: foto propia.

Fuente: foto propia.

Todo cuanto se acumula, se dispersa.

Pasamos la vida tas la acumulación de cosas materiales, mi casa, mi coche, mis libros, mis películas, mis trajes; todo se dispersará cuando muramos. Otros ocuparán nuestra casa, se repartirán nuestras posesiones. Gastamos mucho tiempo y energía en ello: tengo que tener esto, tengo que tener lo otro; corremos detrás de nuestros deseos, como niños tras un balón. Al ver cumplidos esos deseos, tenemos una breve sensación de satisfacción, que pronto nos deja un vacío que cubrimos con otro deseo, y así en una rueda infinita.   ¿Merece la pena tanto esfuerzo para nada?

Reyes, empresarios, políticos, acumularon grandes cantidades de cosas materiales, imperios y fortunas, ¿Dónde están ahora todas esas cosas? 

 

Todo cuanto se levanta, se destruye.

Erigimos grandes obras, que con el paso del tiempo quedan reducidas a cenizas, ya nadie las recuerda. Nos llevó años el construirlas, pero el paso del tiempo es inexorable, no podemos dar vuelta atrás. ¿Qué queda de muchas de las civilizaciones? De algunas nada, ni su nombre;  de otras un montón de piedras; de las más afortunadas, monumentos que no paramos de restaurar por miedo a que se pierdan.

Todo cuanto se agrupa, se disgrega.

Las formas sensibles son solo agrupaciones temporales de átomos que se disgregarán dando lugar a otra forma sensible distinta.  Vemos algo que nos gusta, o nos disgusta, pensamos que tendrá una existencia eterna, que siempre estará ahí y será igual, inmutable, pero si reflexionamos, sabremos que es muy incierto, es un  aspecto de cómo creemos que son las cosas o cómo las percibimos , pero sabemos que realmente tienen una fecha de caducidad.

Todo cuanto nace, muere.

Sería la primera cosa que deberíamos aprender en nuestra infancia, así no desarrollaríamos apegos burdos hacia las personas o animales que queremos, lo que nos ahorraría una ingente cantidad de sufrimiento. Hemos de aceptar nuestra propia mortalidad y la de los otros, como parte del proceso vital, como la forma en que la vida se renueva, en que lo viejo deja sitio a lo nuevo como agente de cambio. En cien años todos calvos, reza el dicho.  Es condición sine qua non para disfrutar de la vida, tener presente nuestra muerte.  “Polvo eres y en polvo te convertirás” ( Gen. 3,19).

Decía Heráclito que jamás nos bañaríamos dos veces en un mismo río, ya que al ir por segunda vez, ni nosotros ni el río serían los mismos; los orientales dirían que ni hay río en el que bañarse, ni yo que se bañe, ni acto de bañarse ( pero no es momento de explicarlo aquí).

El conocer la impermanencia de las formas y cosas de este mundo, nos ayuda, sin duda, a tener una visión correcta de la realidad, a no apegarnos ni sufrir por ellas, ya que tienen una existencia limitada y condicionada.

(En cursiva: Enseñanzas Tradicionales Budistas, los Cuatro Sellos de la Impermanencia)

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