Muerte.

 

Hay realidades que apartamos de nosotros, nos son molestas, para no verlas: la enfermedad, la vejez, la muerte. Las recluimos en grandes edificios en las afueras de nuestras ciudades, ya no pertenecen a la vida cotidiana: todos queremos ser jóvenes y hermosos ad eternum.

Hay pocas cosas, de las que tenemos una certeza absoluta, en este mundo del relativismo: el Sol sale cada mañana; todos los fenómenos son transitorios;  si hemos nacido habremos de morir.

Ante la verdad  tal, y de tal calibre, es sorprendente lo poco que sabemos de ella, lo poco que nos preparamos para ella, lo poco que nos preocupamos por ella.

Todos sabemos que moriremos, pero nadie sabe cuándo.

Recuerdo a un Maestro que nos enseñaba: ante la mínima posibilidad de robo en nuestras casas, rápidamente nos ponemos en marcha, colocamos rejas, alarmas, candados, puertas de seguridad, cámaras; pero ante la inevitabilidad de la muerte, nos quedamos sentados pensando que nunca nos pasará a nosotros, o al menos, que no será hoy.

El apego por la vida nos ciega.

Yo tenía un padre y una madre, murieron. Un amigo de Torremolinos, murió al caer su coche por un puente arrastrado por una lancha que remolcaba. La hija de mi tía, murió de cáncer a los ocho años.  La madre de otro amigo, falleció. Un profesor mío se suicidó, otro murió al poco de acabar los estudios. Tienes tantos casos posibles como personas conozcas. Si miras al pasado, todos esos grandes hombres de los que nos habla la historia y la literatura, ya no están más que por sus obras. Si miras al futuro, en cien años todos calvos y en una caja de madera.

¿Por qué piensas que nunca te tocará a ti?

Quizás pienses que si la muerte está, yo no estoy, y viceversa.

O, incluso, que la muerte es la extinción del ser, que más allá no hay nada.

¿Y si no fuese así?

En muchos lugares, bajo diferentes nombres, hay gentes, que tras haber vivido una vida normal, haber tenido hijos, una profesión, unos estudios, amigos, fiestas, honores, riquezas; notan que su tiempo se va agotando y dedican sus últimos días, las fuerzas que les quedan, a prepararse para una buena muerte.

Cuando vamos a dormir, pensamos: seré previsor, y dejaré preparadas las cosas para mañana, así mi descanso será más tranquilo. Y antes de ir a la cama, sacas la ropa para el día siguiente, dejas café preparado, preparas el maletín con las cosas que vas a necesitar.

De igual modo deberíamos actuar cara a la muerte, dejando todos los asuntos mundanos resueltos para nuestra partida, para irnos así con el corazón tranquilo.

Porque como dice el refrán tibetano: no se sabe que llegará antes, si el día de mañana o la muerte.

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