La serpiente.

Entró en la habitación. Estaba oscura.

La serpiente seguía allí, al acecho, inmóvil. No quería encender la luz. Seguro que se movería y le atacaría.

Siempre había odiado a esos asquerosos reptiles, le daban un pavor primigenio, atávico. Tenía temor de sus venenos, de sus rápidos movimientos, de la forma en que estrangulan a sus presas, de sus colmillos como navajas,  de ser la muerte silenciosa.

Siempre se lo había planteado: No por casualidad, la tentación vino de manos de una serpiente.

No sabía qué hacer, cómo reaccionar, la serpiente seguía allí, si avanzaba  la serpiente  se abalanzaría sobre él, si retrocedía la serpiente le mordería por la espalda, si sacaba el móvil o gritaba, la serpiente acabaría con él.

Pasaban los segundos, tic, tac, toc; su miedo se acrecentaba, tic, tac, toc; su corazón bombeaba sin parar, tic, tac, toc; se empezó a mear de puro terror, tic, tac, toc. Sería su fin.

 

Al menos, moriré con dignidad, pensó.  Una gota de sudor corrió por su frente.

En un arrebato de locura, saltó sobre la serpiente, forcejeó sobre la cama, cayó al suelo con ella, la dominó y la doblegó, había salvado su vida…

Solo para darse cuenta de que tenía una cuerda entre sus manos.

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