Los comentaristas, los micrófonos.

El plató estaba listo. Los cámaras tomaban posiciones, el público asistente se sentaba. La maquilladora daba los últimos retoques al presentador. El debate iba a empezar.

Dos comentaristas a la izquierda, dos a la derecha. Sentados en grandes sillas de cuero negro.  Dos hombres y dos mujeres.

El primer hombre de la derecha, había pasado la cincuentena, se notaba por su obesidad creciente y por unas absurdas gafas redondas que trataban de darle un toque casual. Era el director de un periódico de gran tirada.

Sé muy bien quién me paga, pensó, de dónde viene mi nómina.  Hay que defender el discurso oficial, machacar a los otros, quedar muy por encima de ellos, tirarle encima toda la mierda que pueda. Me es fácil lidiar en esta plaza, he estado en cientos de debates como este, no me costará mucho echar sus argumentos por tierra, o si no, sus personas, da igual; desacreditada la persona , desacreditarás sus afirmaciones. He trabajado mucho para conseguir la buena posición que tengo;  soy un vendido, soy consciente de ello, ¿pero quién no se vendería por lo que yo gano? Me da igual decir que el blanco es negro, y el negro, blanco. Siembra confusión, que algo queda.  Además la media de inteligencia de los televidentes no es muy alta, cuatro tecnicismos, algo de retórica, y seguro gano sus aplausos.

La mujer que estaba a su lado, vestía un elegante conjunto rojo, un caro collar asomaba por su escote. Aún era muy atractiva, daba muy bien a cámara. Rubia, ojos azules, piel blanca. Había militado desde joven en el Partido. Era la alcaldesa de un pueblo pequeño, pero aspiraba a más, a mucho más.

Meditaba en silencio. Quería concentrarse.

Esta es mi gran oportunidad. Por fin me ha llamado la televisión. Ganaré mucha popularidad, me destacaré de los inútiles y perezosos del partido que he tenido que soportar durante tanto tiempo. Lo traigo todo bien preparado. Pobres los otros dos que están delante de mí, no voy a tener clemencia, voy a ir a la yugular, los voy a destrozar. Tengo como cincuenta contrarréplicas preparadas, estudiadas a fondo, la forma, el tono, las pausas.  Cuando mi amado presidente y líder me vea, no le va a quedar más remedio que ofrecerme un puesto en la ejecutiva. Además esos estúpidos que nos han puesto enfrente no son rivales, seducir al público se me da muy bien. Hoy va a ser un gran día.

A la izquierda , situada más cerca del presentador, una joven con el pelo color caoba, alisado y teñido, lucía hermosa y lozana. Llevaba vaqueros y una camisa barata, para que los espectadores vieran que no hacía gala de riqueza, que era como ellos.  Era diputada de la Oposición.

Joder, otra vez me ha tocado el gordo este, y a la zorra de enfrente ni la conozco. Sí, me la han presentado antes de comenzar, pero es la primera vez que la veo en un debate de este tipo.  El gordo es un hueso duro,  pero sé de qué va y cómo se comporta. Bueno, me es indiferente. Hay que ganar el debate, sobresalir y despuntar. El mensaje que me han pasado sobre el gordo, con algunas curiosidades y errores de juventud,  me ayudará a callarle en más de una ocasión; es muy vil hacer este tipo de cosas, pero el que algo quiere, algo le cuesta. Y yo tengo que ganar.

A su lado, con una chaqueta de pana, una camisa verde fluorescente, estaba el último tertuliano. No era ni muy viejo ni muy mayor, se le veía bien conservado. Era profesor de universidad, tenía  ese aire que transpiran los docentes.

Estaba tranquilo, relajado.

Bueno, esta también es una buena forma de conseguir fama, de hacer que mi prestigio se vea aumentado. En mi Universidad también estarán contentos, igual gracias a este tipo de cosas, tenemos muchas matriculaciones el año que viene. A los dos que me han puesto enfrente, me los como con patatas. Tengo la autoridad moral de mi cargo, además seguro que mucha más cultura y clase que esos dos juntos. Le debo varios favores a los de la Oposición, entre ellos mi trabajo, así que este es el momento ideal para ir devolviéndoselos, si para ello hay que colorear un poco la realidad, trastocarla, exagerarla, no hay problema. Lo importante, es que la gente me valore mejor después de este reality.

El debate acabó. En un hogar, podría ser cualquiera, un padre y un hijo  apagaron la televisión.

-¿Has aprendido algo? ¿Te ha quedado algo en claro?- se interesó el padre-

-Sí, ha sido un duelo de egos, soberbias enfrentadas, y posturas predefinidas. Les damos igual, no han tratado de explicar nada, sino de sobresalir, de estar por encima de sus oponentes. Uno dice una cosa, otro la desmiente, y un tercero desmiente al desmentido. Te oscurecen las ideas en vez de aclararlas. Bochornoso.

-Bien, el sábado que viene iremos al cine; o mejor, bajamos al bar.

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