La puerta

Portón de madera.
Fuente: bricolaje.facilisimo.com.

-Es la hora y el día. Tienes que hacerlo.

-No deseo hacer eso, no quiero ni me da la gana.

El portón de madera, pesado, podrido, se entreabrió ligeramente.

-Diste tu palabra. Es tu deber. No puedes dar marcha atrás, has de ser consciente de tu responsabilidad, hacia ti mismo y hacia los demás.

Los goznes chirriaban, el portón se iba abriendo lentamente. Los dos hombres miraban, expectantes.  Unas luces se distinguían entre la niebla, al otro lado.

-Sé que di mi palabra, pero he reflexionado mucho, las cosas han cambiado, no son las mismas circunstancias que antes. Por favor, no me obligues. Rectificar es de sabios, o al menos, eso dicen- Su voz temblaba, el miedo, ese miedo que se agarra a las entrañas, resonaba en ella.

-Ni espada rota, ni mujer que trota. Si no lo haces, perderás la autoridad frente a tus hombres. Ya nadie volverá a confiar en ti.  Tu esposa te abandonará, tus hijos se verán humillados, perderás todas tus posesiones. Tu linaje morirá contigo. Todo por no tomar la decisión correcta, por no afrontar tu cargo y tu compromiso.- Parecía que sus palabras de ánimo, conseguían el efecto contrario.

La puerta estaba casi abierta.

-Bueno, ¿Qué harás finalmente? La decisión es tuya.

En el hombre de la voz temblorosa, se percibió un leve cambio: estiró el cuello, movió hacia atrás los hombros, respiró profunda y pausadamente, una vez, dos veces, tres veces. Avanzó, dio un paso, dos, tres. Cruzó el umbral de la puerta, y desapareció entre las brumas.

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