Victoria

Alcázar. Segovia. Fuente Foto: Álvar Camero.

Alcázar. Segovia.
Fuente Foto: Álvar Camero.

La batalla está ganada.

-Nuestra caballería penetró por el flanco derecho, la infería rompió su vanguardia, sus tropas  de refuerzo llegaron demasiado tarde. Hemos vencido, mi general.

-¿Cuáles son nuestras bajas aproximadas?

-Hemos perdido como quinientos jinetes y cuatro mil infantes, señor.

-Bien, que curen a nuestros enfermos, a los prisioneros agrupadlos en el foso seco del castillo. Recuperad todas las armas y armaduras que podáis.  Quemad los cuerpos sin vida.

Hoy a muerto demasiadas personas, aliados, enemigos,  ¿Cuántas viudas hemos engendrado hoy? ¿Cuántos huérfanos? ¿Cuántas madres tendrán que llorar a sus hijos? ¿Cuántos hijos a sus padres?

La noche cayó, el general no dejaba de pensar en los cadáveres: los escuchaba en los susurros, los notaba contra la piel en la ligera brisa.

Un gran festín, carne asada, frutas frescas,  cerveza, vinos blancos y rojos,  corrían a raudales por la mesa del general y sus capitanes.  Los músicos tocaban épicas melodías.

La alegría era palpable, la guerra había acabado con la última batalla, pero una sombra se alojaba en el corazón del  general. Se levantó, habló:

-Decidme, mis amados capitanes, nobles, valientes, leales: ¿Cuál es la finalidad de la guerra?

-¡Aplastar  a tus enemigos, violar a sus mujeres, saquear sus ciudades!- El Capitán Ragú habló emocionado, quizás por un exceso de vino en la sangre, y poca sangre en la cabeza.

-Incorrecto Capitán Ragú. Si aplastas a los enemigos y violas a sus mujeres, por el odio que generes, tendrás más enemigos, a los que vencerás, que a su vez harán de otros, enemigos tuyos, sus hijos, sus familiares, se alzarán contra ti,  así en una cadena eterna.

– ¡Expandir el Imperio, hacer que dure mil años!-  Exclamó Solomón, capitán de la caballería pesada, golpeando la mesa con su jarra.

-Otro error, los imperios nacen y desaparecen, se crean y se destruyen, no conocemos un imperio eterno.  Es una idea bonita, pero solo una idea, noble Solomón.

-¡Alcanzar la gloria en combate, que los poetas canten nuestras hazañas!-  El bello Hibrys declamó como si fuera un poeta, algunos de los capitanes rieron, otros le arrojaron comida.

-Ay, Hibrys, siempre deseando la gloria, pero la gloria es pasajera, banal, de nada sirve; detrás de ti, vendrán mejores luchadores, alcanzarán mayor gloria, tus gestas quedarán en el olvido, tu nombre se perderá en el paso de las generaciones.

-¿Nadie de entre todos vosotros es capaz de responder a esta simple cuestión?- Volvió a preguntar el general, se sentó, defraudado, dolido.  Los capitanes se miraron entre sí, nadie parecía tener la respuesta. El silencio se había apoderado de la mesa.

Uno de los coperos, un niño, capturado en alguna batalla, con el pelo andrajoso y mal vestido, se acercó al general, rellenó su copa, le dijo al oído:

-La única razón de la guerra es la paz.

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