Fornicatio

Lujuria. El Bosco.
Fuente: http://www.lasalle.es

Tenía en la cabeza lo mismo, invariablemente, no lo podía evitar, era superior a sus fuerzas.

Si veía cualquier cuerpo lo escudriñaba, como el joyero al oro: los labios, las nalgas, los pechos, el cabello, los ojos. Daba igual, fuese hombre o mujer, hermoso o feo, alta o baja, viejo o joven, gorda o delgada.  Imaginaba qué haría con esas partes, con esos recónditos recovecos, con esas formas tan atrayentes.

Las fantasías se reproducían en automático, como un video interminable de youtube, potenciado por todo el porno que era capaz de soportar.

No existía la satisfacción, solo el deseo lacerante, el aguijón de un escorpión loco que le picaba a cada momento, instante tras instante, segundo a segundo, minuto a minuto, hora a hora, día a día. Un interminable bucle de ansia, de excitación continua.

No tenía demasiado, solo carencia; carencia que era vacío, dolor del alama, permanente estado de insatisfacción, permanente estado de querencia.

A veces luchaba, pero siempre caía una y otra vez, otra vez y una,  en una espiral invertida.

Amplias llagas abrían su carne,  no lo podía controlar.

El dolor del alama se convirtió en dolor del cuerpo,  no lo podía controlar.

No había escapatoria, ni remisión. No lo podía controlar.

El día que inició la rueda,  fue incapaz de detenerla.

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