Baile y silla

Monumento a Calderón de la Barca (Madrid), fuente: wikipedia

Monumento a Calderón de la Barca (Madrid), fuente: wikipedia

 

Nunca creyó que eso le podría ocurrir. Se sentía a salvo, distinto, ese tipo de desgracias no eran para él; una falsa sensación de seguridad le había embargado, le había  nublado la mente, le hizo ser temerario. Era joven, se sentía casi inmortal, la prudencia era para los estúpidos, para los bonachones que no se atreven con la vida.

Ahora el mundo sería diferente. Para empezar lo contemplaría desde más abajo, a la altura de un niño; adiós a la sensación de meter el pie entre el agua y la arena de la playa, se acabaron los paseos por la montaña, correr para coger el metro.

Sabía que desarrollaría mucho sus brazos y hombros, fuertes y rudos, tendrían que soportar toda la carga de su peso.

La ciudad también cambiaría, se convertiría en un nido de obstáculos, de trampas urbanas, de callejones cuesta arriba y altas escaleras. No sería como antes, imposible disfrutarla.

Tendría que irse olvidando de bailar en las fiestas de su pueblo; uno de los pocos que conocían todas las danzas, que las ejecutaba a la perfección.  Nada de bailar, tampoco, en las discotecas.

Los muebles y armarios, estanterías y roperos, tendrían que ser cambiados de altura, bajarlos unos largos centímetros.

Todo sacrificado por una noche, aquella noche: diversión, copas, locura, más copas, desenfreno, más copas, farra, más copas, jolgorio, más copas, coche, distracción, árbol, coche contra árbol: hospital. Silla de ruedas.

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