De la disputa entre los griegos y los romanos

Fueron a un vellaco muy grand e muy ardid;
dixiéronle: ¡Nós avemos con griegos nuestro conbit
para disputar por señas; lo que tú quisieres pit
e nós dártelo hemos; escúsanos d’esta lid!

Vistiéronle muy ricos paños de grand valía,
como si fuese doctor en la filosofía;
subió en alta cáthreda, dixo con bavoquía:
¡D’oy mais vengan los griegos con toda su porfía!

Vino aý un griego, doctor muy esmerado,
escogido de griegos, entre todos loado;
sobió en otra cáthreda, todo el pueblo juntado,
e començó sus señas como era tractado.

Levantóse el griego, sosegado, de vagar,
e mostró sólo un dedo que está çerca del pulgar,
luego se assentó en ese mismo lugar;
levantóse el ribaldo, bravo, de malpagar.

Mostró luego tres dedos contra el griego tendidos:
el polgar con otros dos que con él son contenidos,
en manera de arpón los otros dos encogidos;
assentóse el neçio, catando sus vestidos.

Levantóse el griego, tendió la palma llana
e assentóse luego con su memoria sana;
levantáse el vellaco con fantasía vana,
mostró puño cerrado: de porfía avia gana.

A todos los de Greçia dixo el sabio griego:
¡Meresçen los romanos las leys, non gelas niego.
Levantáronse todos con paz e con sosiego;
grand onra ovo Roma por un vil andariego.

Preguntaron al griego qué fue lo que dixiera
por señas al romano e qué le respondiera.
Diz: ¡Yo dixe que es un Dios; el romano dixo que era
uno en tres personas, e tal señal feziera!

Yo dixe que era todo a la su voluntad;
respondió que en su poder tenié el mundo, e diz verdad.
Desque vi que entendién e creyén la Trinidad,
entendí que meresçién de leyes çertenidad.

Preguntaron al vellaco quál fuera su antojo;
diz: ¡Díxome que con su dedo que me quebrantaria el ojo!
D’esto ove grand pesar e tomé grand enojo,
respondíle con saña, con ira e con cordojo

que yo le quebrantaría ante todas las gentes
con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes;
díxorne luego após esto que le parase mientes,
que me daria grand palmada en los oídos retinientes.

Yo le respondí queAl daría a él una tal puñada,
que en tienpo de su vida nunca la vies vengada;
desque vio que la pelea tenié mal aparejada,
dexóse de amenazar do non gelo preçian nada.

Por esto diz’ la pastraña de la vieja ardida:
¡Non ha mala palabra si non es a mal tenida;
verás que bien es dicha si bien es entendida:
entiende bien mi libro e avrás dueña garrida.

(Arciprestre de Hita, El libro del buen amor. )

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