Café con flor

Cada día dibujaba la misma flor en la espuma de su café, cada día esperaba una respuesta de él.

Estaba enamorada, las pocas palabras que rápidamente cruzaban en la cafetería entre el ruido monótono de la televisión sumada a las conversaciones y el tintinar de las tazas, le llenaban el corazón.

Era mayor, le imaginaba como un hombre poderoso en su tiempo, político, tal vez; o quizás decano de alguna universidad importante. Se veía durmiendo a su lado, pasando la mano por los surcos de las arrugas producidas por la sabiduría del que ve pasar los años; preparando una comida especial todos los domingos para su disfrute; hablando sobre literatura y política, ente humos de cigarro y copas de vino; amándole, cuidándole, siendo totalmente suya.

 

Cada día la camarera le servía el café, era agradable, siempre le sonreía. Ya no le gustaba desayunar en casa, solo; tampoco le gustaba ponerse las gafas para desayunar, le hacían sentir más viejo de lo que era.

Miraba la taza, la espuma tenía formas raras, extrañas cada mañana, no consiguió descifrar el porqué de esas tonalidades blancas, negras y grises. Pero el café estaba exquisito.

 

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