La profecía autocumplida

Había decidido pasar un domingo en el campo para desconectar de la ciudad. La montaña y los espacios abiertos, sin duda, le sentarían bien.

Cogió su coche, un viejo trasto,  un bastón y su mochila.

Cuando ascendía por una gran cuesta, el coche se paró, el motor echaba humo por todas partes; abrió el capó y observó como un cable estaba suelto, la tuerca que lo unía se había aflojado.

Necesitaría una llave inglesa para arreglarlo, pero no tenía ninguna.

Como no muy lejos viese una casa, pensó que allí tendrían una llave inglesa.

Fue caminando, fue reflexionando:

-Esta gente de la montaña son un poco brutos y un poco cerrados.

-Igual les da por no dejarme la llave.

-Se sabe que hoy en día la gente es egoísta y no le importa lo que le pase a los demás.

– No sé si me dejarán la llave.

– Además esta gente desconfía de los extraños.

-Seguro que no me dejan la llave.

-Aunque sea lo que más necesito ahora, no me la van a dejar.

-Son unos cerrados estos de la montaña, ¡joder me voy a quedar sin la llave!

Se fue encendiendo en cólera, ensimismado,  mientras se aproximaba a la casa.

Enérgicamente llamó a la puerta.

Le abrió una amable anciana.

-Hola buenos días.

Lo único que alcanzó a decir fue:

-Sabe lo que le digo: ¡Qué se puede quedar con su estúpida llave!

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