Amarás

 

Amarás a Dios por encima de todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo” (Lc 10:27)

En esta simple frase, se resume toda la ley y los profetas, todo el mensaje de Cristo; todos los mensajes de todas las otras tradiciones o religiones, todos los mensajes que contienen la verdad.

San Pablo nos dice que “el que ama, cumple la ley entera” (Rm 13:10), es decir, imposible el pecado, el error, el distanciarse de Dios cuando uno ama; ya que Dios es Amor, por lo tanto, quien está amando, está con Dios.

¿Qué hacía Dios antes de crear el mundo? ­­- le preguntaron al Papa Francisco- él sorprendido ante la pregunta, respondió: Dios amaba.

¿Y qué clase de Amor será ese? Evidentemente no es lo que entendemos por amor, por amor humano, ese amor que conocemos mezclado con pasiones, afectos e intereses.  El yo te quiero para que me hagas feliz, o el yo te quiero porque me quieres, o el te quiero como un medio para conseguir un fin determinado (sea el que sea).

¿Qué clase de Amor, pues, será ese? Un Amor que desconocemos, que no es humano ni proviene del hombre, nada tiene que ver con su voluntad.

Es un Amor sobrehumano, divino, que es capaz de dar la vida  por el otro y no solo por el otro que nos agrada, sino también por el que nos desagrada, el que nos daña, el que nada tiene para aportarnos, el pobre, el débil, el desechado por la sociedad; sin contaminar por nuestros deseos, afectos o apetitos.

Ese Amor es lo que en la tradición de la Iglesia Católica se considera una virtud teologal, es decir, una virtud que Dios nos da de un modo gratuito, por pura iniciativa suya y sin haber hecho nada para merecerla (junto con la Fe y la Esperanza); a veces traducida por Caridad, del latín caritas,  y este a su ves del griego ágape  (ἀγάπη) esto es, Amor.

Además en la frase del Evangelio, aparece en futuro, como una constatación de nuestra incapacidad actual de amar de ese modo; pero con una promesa de, algún día, llegar a ello.

¿Cómo se nos da? Nos responde la Sagrada Escritura: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5:5).

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