Sol y Luna

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Calle adoquinada. Fuente: propia. 

Asciende, hermosa, bella, inflamada ardiendo como el Sol.

Miro desde la venta, el polvo se pega a los cristales y una señora, anciana, con un carrito de la compra, que fue verde, ahora desgastado por los días, pasa lentamente por el paso de cebra.

Que el fuego eterno nunca se apague, que la llama esté siempre encendida.

En el parque, el perro, se para con ojos dislocados, varias gotas de saliva pegajosa caen al suelo; detenido, en su mirar hay una sonrisa; su dueño le llama, ha de seguir correando tas la pelota verde.

Que tus ardores prendan al mundo, arda en una combustión de ágape, carbonizando a las ciencias, deflagrando a las filosofías, abrasando las leyes.

Asciende, bella, hermosa, argentado escarcha plata como la Luna.

Un juego chinesco de las sombras es proyectado para deleite nuestro por una adelfa solitaria, sus verdes hojas bailan con el viento, tocadas, mimadas, mientras un dedo mesa suavemente el cabello.

Que el frescor blanquecino de tu frío diamante nos calme, nos cure.

Con una boca de apenas unos dientes, los pocos que quedan están desgastados, negrosamarillento;  el yonqui me pide un cigarro.  Su sonrisa es amplia y sincera, como la del niño que aún no ha muerto dentro de él. Ese niño resiste a una vida muy dura, a todas las mierdas que el yonqui se mete.

Que el rocío de tus círculos concéntricos, sea menta fresca en nuestras heridas.

Su esposa se ha caído, él, débil y enfermo, no puede levantarla, sube en busca de ayuda.

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