El Dios escondido ( fragmentos de la carta 41)

 

Dios está cerca de ti, está contigo, está en ti.

Hay en nosotros un espíritu sagrado, que observa y vigila nuestros actos buenos o malos; así como le tratamos, así nos trata el a nosotros. Ningún hombre es realmente virtuoso sin Dios; ¿acaso puede alguno sin ayuda sobreponerse a la fortuna? Él nos inspira acciones nobles y elevadas. En todo hombre virtuoso habita un dios (qué dios, eso no se sabe[1]).

Si ves un hombre impertérrito al peligro, inmune a las concupiscencias, feliz en la adversidad, tranquilo en medio de las tormentas […] ha descendido sobre él un poder que es del cielo y que estimula ese espíritu tan excelente y moderado que pasa junto a las cosas considerándolas poco importantes y se ríe de nuestros temores y deseos.

[…] así ocurre también con esa alma grande y santa, que enviada aquí abajo para que conozca más de cerca lo divino, está en nosotros, pero permanece en su origen.  Está pendiente de Él, en Él tiene puestas sus miras, y se esfuerza por regresar a Él, y está entre nosotros como un ser superior.

Pero la común locura lo vuelve difícil (el regresar a Dios y practicar el bien): nos arrastramos a los vicios los unos a los otros.

[1] Virgilio, Eneida.

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Flor de loto

Séneca, Cartas a Lucilio.