Demonios familiares

Fuente imagen: Pixabay (Dominio público)

 

Mala muerte, alma necrosada.

Esos son los demonios de mi interior, mis vicios familiares, obsesiones ocultas, dinámicas perversas y pervertidas, dependencias afectivas producidas por la falta de amor, por la soledad sin compasión, por el rechazo, por mis propios deseos insatisfechos, por las burlas ajenas sobre mí.

Eso es lo que me encierra en mi cárcel y burbuja, lo que engrandece mi “yo” más defensivo, mis posturas más cuadriculadas, legalistas y absurdas; mi “yo” más dominante que necesita siempre quedar por encima de los demás; mi “yo” más cobarde que me hace salir huyendo constantemente.

En definitiva, lo que me aleja de ti.  Lo que me hace ser  no-humano.

Lo que me ensombrece el rostro y me obscurece la sonrisa. Enfermedad del alma, dolor moral, dolor mortal. Lo que me hace pasarme horas mirando, admirando y ensimismado en mi ombligo; que pienso centro del mundo.

Esclavo soy de mí mismo, mi peor enemigo.

Estos son mis demonios familiares.

Navegantes

 

El que se busca solo a si mismo,

convierte todo en un espejo del yo,

cercado por lo mío y para mí;

navegante del mar del mal del miedo,

entre los huracanes y vientos del deseo.

¿Encontrará reposo?

Nunca,

pues sus puertos son la soledades,

soberbias e insatisfacciones;

no tiene faro que le ilumine,

ni estrellas que le guíen.

Hibris

¿Cómo vamos a crecer si somos una copa que rebosa?

Al vaso lleno no le cabe más agua.

¿Cómo vamos a cambiar si pensamos que todo lo hacemos bien?

El balón no puede ser más redondo.

¿Cómo vamos a ser justos si estimamos que lo somos?

Una balanza equilibrada no miente.

¿Cómo vamos a buscar si juzgamos que tenemos todo lo que necesitamos?

Una casa, un trabajo, una pareja, mis estudios, mis afectos, mis aficiones, mis amigos.

Fuente imagen: laangostura.com

La imagen que tenemos de nosotros mismos, las más veces, está distorsionada por nuestras propias pasiones: nos elevamos o nos deprimimos, pues nos vemos bajo la óptica de nuestro propio y desacertado juicio.

Eso tiene un nombre, los antiguos le llamaban hibris, la soberbia del que quiere ser como un dios.  Orgullo desmedido que busca la auto glorificación en todo. Soledad del que está por encima de los demás, y les usa para estimarse mejor que ellos.  Montaña rusa del yo, del yo soy así y yo soy asá.

Pero como decía Voltarie: “el que quiere hacer de ángel, normalmente, acaba haciendo de bestia”.

El foco de tu atención

La felicidad, Paul Gauguin. Fuente: tallerdejuliatorregrosa.blogspot.com

El Sabio, el Iluminado, el Señor de los tres mundos, el Amo de los tres tiempos, El que ha pasado por encima de la materia, El que ha transcendido el deseo,  dijo: “todos los seres desean la felicidad, mas yerran en donde encontrarla” (Buda Sakyamuni).

Es cierto, todos buscamos la felicidad, la paz, el estar bien. No conozco ninguna persona que diga lo contrario, ni ningún ser sintiente que no cumpla esto.

Entonces, ¿Por qué no soy feliz? Buscas donde no hay.

Creemos que hemos de velar por nosotros mismos, que cuanto más tenga mayor felicidad alcanzaré, estamos en el todo-para-mi, en que los demás me sirvan. Nos movemos por interés, nos aferramos a objetos pasajeros, a personas erróneas, somos un vórtice de puro egoísmo; ¿aún te preguntas el por qué?

Me responderás: no conozco otra manera de vivir.

La hay, lo sé porque la he visto.

Cambia el foco de tu atención.

Busca y encontrarás.

De olvidos y edipos.

La verdadera desgracia del hombre es no saber quién es.

Buscamos entre las visiones de los demás, tomamos nota cautelosamente de nuestras reacciones, leemos libros sobre arquetipos y formas de ser. Pero no sabemos nada de nosotros mismos.

Realmente la tragedia de Edipo no fue el matar a su padre y yacer con su madre, sino que todo eso se produjo porque no sabía quién era.

Nuestra psique está debilitada por el confort, las comodidades;  embrutecida por la televisión y por la tecnología. En definitiva, nublada por nuestro vicios.

Y dependemos mucho, en demasía, de la opinión y el concepto de los demás.

Si los demás nos ven en cierto modo, de ese modo nos comportamos. Eso en psicología tenía un nombre.

Tratamos de agradar a los demás para que nos acepten. Pero olvidamos lo que somos.

Tratamos de cumplir las expectativas. Pero olvidamos de dónde venimos.

También prejuzgamos y juzgamos: no dejamos a los demás ser como son.

Pensamos: uy, ¿qué impresión les habré causado? No da igual el fondo, solo nos importa la forma. No nos importa el corazón, solo la apariencia.

Nunca estamos abiertos, ni nos dejamos fluir, ni esperamos confiadamente, no queremos que las cosas sean como son: queremos que sean conforme deseamos.

Nos identificamos con ciertas actitudes que tenemos: Yo soy así. Eso, no es más, que ponernos un cerco, limitarnos, atarnos a nosotros mismos.

 No sabemos que podemos cambiar, que la capacidad humana es enorme, infinita, ingente, divina.

Buscamos excusas: de pequeño me pasó esto, entonces yo reacciono así. Nunca he podido hacer tal cosa. No creo que sea capaz. Somos los carceleros de nuestra propia prisión.

Pero eso se produce por una simple razón: no sabemos quiénes somos, ni lo queremos saber.

Olvidamos intencionadamente las palabras cristianas de nuestros mayores: somos hijos de Dios, hechos a su imagen y semejanza, con Inteligencia, razón, voluntad y sentimiento. Capaces de comprender la Esencia de las cosas, capaces de hacer el Bien, de admirar lo Bello. Y con un único fin en esta tierra: volver a la casa del Padre.

Eso es lo que somos, de ahí venimos y a allá vamos.  Es el único sentido de la vida.

Lo demás es una ilusión, cosas que ocurren en el tiempo, siempre en continuo cambio.

Las creencias limitadoras y los cercos del ego.

 

Vivimos dentro de unos cercos demasiado limitados, estrechos.

Podemos, siempre, culpar a los demás: mis padres, mi infancia, mi entorno, mi jefe, mi trabajo, mi pareja, mi educación, cómo me criaron o qué valores me inculcaron.

Esa es la solución rápida, la que siempre buscamos cuando no tenemos el coraje de enfrentarnos a nosotros mismos: vemos  oscuros abismos, altas montañas,  fértiles valles, y densos bosques de nuestra alma. Tenemos temor a entrar en ellos. Nos falta coraje, disciplina.

Por eso nos decimos: soy así, soy asá.

Ese es el primer cerco. Ya no hemos limitado, nos hemos definido: hemos elegido la máscara del personaje al que queremos jugar. El error está en que con el tiempo, nos identificamos plenamente con la máscara del juego. Ese es el poder del ego. Es la base para juzgarnos a nosotros mismos. Si actuamos conforme a la máscara pensamos que lo hemos hecho bien. Con el tiempo, los demás podrán matices a esa máscara, la colorearan por decirlo de algún modo, y será un nuevo lastre; pues actuaremos muchas veces conforme a lo que los demás esperan, sólo porque los demás lo esperan y para no decepcionarlos.

Cuando ya tenemos el “yo soy así”, lo confrontamos con el resto de “yos-soy-así” y con las cosas del mundo: descubrimos el me gusta, no me gusta y lo indiferente. Segundo cerco, aún más estrecho, más limitante, peor.  Pues es la base para juzgar a los demás, y a las cosas. Normalmente haremos así: lo que me resulta agradable me gusta, sea cosa u otro “yo”; lo que me desagrada no me gusta; y me es indiferente lo desconocido, o lo que ni me agrada ni me desagrada. Esto, que a priori parece lógico, es,  a fortiori es otro error.

Pero entremos en el tercer cerco, que es el que nos interesa aquí. La psicología moderna lo llama creencias limitantes, esto es, creencias sobre nosotros mismos que nos impiden emprender una acción determinada.

Este tercer cerco es el peor con diferencia de todos, ya que literalmente te auto inmoviliza. Se manifiesta, en primer lugar, bajo la forma de pensamientos del tipo: “no puedo”, “jamás lo he hecho”, “no sé cómo hacerlo”, “no saldrá bien”, “¿para qué esforzarme si no lo voy a conseguir?”, y una multiplicidad más de formas, por todos bien conocidas.

Lo más gracioso del caso, es que eres tú mismo el que impones las cadenas: es como si la  acción fuera un perro, la voluntad una correa y el amo los pensamientos: acabas por atar al perro con la correa de los pensamientos.

Las creencias limitantes suelen ser la manifestación de pereza, autojustificación por negarnos a hacer algo, miedo al fracaso y a la opinión de los demás, y otra clase de temores más ocultos.

Lo curioso es que normalmente somos coherentes entre la máscara, los me gusta o no me gusta, y las creencias limitadoras. Es el arte de construir tu ego. Pero estas construyendo, realmente, un redil para ti mismo: para que no te salgas de él, y te sientas  cómodo, como un cerdo en su chaca de lodo.

Y ahora, objetaréis: hay que ser realista.  Por ejemplo, si no estoy entrenado no puedo esperar ir a las olimpiadas o subir al Everest. Yo te digo: cierto. No vayas a caer en el extremo de la nueva era que afirma algo tan absurdo como descabellado: con desearlo fuertemente lo conseguirás. Ya que con desearlo fuertemente conseguirás lo siguiente: desearlo fuertemente. Nada más.  Y por experiencia sabemos que hay objetivos que ni se alcanzan por desearlos, ni por poner todo el esfuerzo del mundo, aunque, eso, no nos exime de intentarlo si ese es nuestro camino.

¿Cómo distinguir entonces una creencia limitante de un límite real?

Por una parte estamos dotados de razón, que nos permite un análisis de las situaciones y una reflexión sobre nosotros mismos.

Por otra parte, dice la Biblia: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (Mt 7,7-12).

Todos los días pido Sabiduría, que me acerque un poco más a la Verdad; humildad, para que ame a mi hermano como a mí mismo; y fuerza, para poner en práctica la sabiduría y la humildad.